Rembrandt

“Elige sólo una maestra: la naturaleza.”

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669)

Quienes están acostumbrados a los hermosos personajes del arte italiano se horrorizan cuando ven por vez primera los cuadros de Rembrandt, que no parece haberse preocupado en absoluto por la belleza, ni siquiera por huir de la fealdad sin ambages. En cierto sentido, esto es verdad. Al igual que otros artistas de la época, Rembrandt asimiló el mensaje de Caravaggio, cuya obra conoció a través de los holandeses que cayeron bajo su influjo. Como Caravaggio, estimó la verdad y la sinceridad por encima de la belleza y la armonía.

Gombrich. E. H. (1997). La Historia del Arte. Phaidon, p.427

Claude Monet

“El color es mi obsesión diaria, la alegría y el tormento.”

Claude Monet (1840-1926)

La naturaleza o el motivo cambian a cada minuto, al pasar una nube por delante del sol o al provocar reflejos en el agua el paso del viento. El pintor que confía en captar un aspecto concreto no tiene tiempo de mezclar los colores aplicándolos en capas sobre una preparación oscura, como habían hecho los viejos maestros; debe depositarlos directamente sobre la tela en rápidas pinceladas, preocupándose menos de los detalles que del efecto general del conjunto.

Gombrich. E. H. (1997). La Historia del Arte. Phaidon, p.518

Michelangelo Caravaggio

“Los hombres geniales empiezan grandes obras, los hombres trabajadores las terminan.”

Michelangelo Caravaggio (1571-1610)

Algunos consideran que su propósito principal era horrorizar al público, que no sintió ningún respeto por ninguna clase de tradición o belleza. Fue uno de los primeros pintores a los que se dirigieron acusaciones semejantes, y el primero cuya actitud resumieron los críticos en una palabra: naturalista. Pero Caravaggio fue un artista demasiado grande y serio como para proponerse un puro sensacionalismo. Mientras los críticos argüían, él trabajaba sin descanso, y su obra no ha perdido nada de su atrevimiento en los cuatro siglos que han pasado desde entonces.

Gombrich. E. H. (1997). La Historia del Arte. Phaidon, p.392-393.

Leonardo da Vinci

“Los hombres geniales empiezan grandes obras, los hombres trabajadores las terminan.”

Leonardo da Vinci (1452-1519)

Sabemos algo de la condición y productividad de la mente de Leonardo, porque sus discípulos y admiradores conservaron cuidadosamente para nosotros sus apuntes y cuadernos de notas, miles de páginas cubiertas de escritos y dibujos, con extractos de los libros que leía Leonardo, y proyectos de obras que se propuso escribir. Cuanto más se leen esos papeles, menos puede comprenderse cómo un ser humano podía sobresalir en todos esos domínios diferentes y realizar importantes aportaciones en casi todos ellos. Tal vez una de las razones que lo hicieron posible fue que Leonardo era un artista florentino y no un intelectual. Él juzgaba que la misión del artista era explorar el mundo visible, tal como habían hecho sus predecesores, solo que más cabalmente, con mayor intensidad y precisión.

Gombrich. E. H. (1997). La Historia del Arte. Phaidon, p.293.

Joan Miró

“Un cuadro no se acaba nunca, tampoco se empieza nunca, un cuadro es como el viento: algo que camina siempre, sin descanso.”

Joan Miró (1893-1983)

Tras una fase inicial marcada por el cubismo y después de pintar algunos cuadros que podrían incluirse en el realismo mágico, Joan Miró empezó a cultivar un estilo que se proponía expresar los destellos del alma. Pletórico de entusiasmo se entregó a una pintura en la que aparecían unos junto a otros, aparentemente sin conexión ninguna, animales monstruosos y angelicales, árboles con ojos y oídos, incluso un aldeano con barretina y fusil.

El elemento unificador era una atmósfera situada íntegramente fuera de la percepción de la realidad. De hecho, los cuadros que Miró pintó en aquella época pueden calificarse de visiones de ensueño, de obras en la que se abría un espacio para la cita con el mundo onírico, la poesía y la pintura. Las formas concretas de la pintura se disolvían en superficies nebulosas de color en las que los signos mágicos aparecían flotando y uniéndose con versos en una visión soñadora.

Klingsöhr-Leroy, C. (2019). Arte Moderno. Taschen, p.360

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